“Irse de algunos lugares también es cuidarse. Alejarse de alguna gente también es protegerse. Cerrar algunas puertas también es quererse”
Aprovechando que estamos en los últimos días del año, de un año duro para todos, es importante que revisemos la importancia de soltar, de cerrar.
La frase del inicio ha inspirado mi entrada de hoy. Es una frase que conocía hace tiempo pero que hoy ha tomado mucho más significado. Cuando algo no nos está sentando bien, cuando una persona, una situación o un lugar nos está complicando la existencia, debemos soltar, siempre que se pueda.
¿Pero, por qué nos cuesta tanto acabar con una situación?
Uno de los mayores problemas a la hora de dejar ir, de terminar con una situación, es la responsabilidad, o en este caso, un exceso de la misma. Creemos que si resistimos un poco más, demostraremos que somos responsables, que “no abandonamos a la primera de cambio”, demostraremos que resistimos, que no hay nada que pueda con nosotras, podremos percibir lo fuertes que somos. No obstante, podemos ser responsables y a la vez marcharnos de donde no nos estamos nutriendo, de donde ya no nos hace falta estar.
Si lo que dejamos atrás es una situación que tiene que ver con otras personas, también se nos pueden despertar remordimientos. Este tipo de sentimientos y los pensamientos asociados son muy comunes en nosotros y suelen tener que ver con el ideal que tenemos de nosotros mismos. Algunos pensamientos de este tipo son “yo no soy de esas personas que dejan tirados a otros”, o “es buena conmigo y por eso no puedo dejarla”. Es el ideal del tipo “seguir ahí pase lo que pase” lo que opera en estos casos en nuestro ser. Este ideal a veces viene acompañado de otro que tiene que ver con la lealtad o con el amor. Son los mitos del amor romántico: “sigo aquí, pase lo que pase” o “el amor lo puede todo”. Sin embargo, subrayo esta palabra: son ideales, son mitos, son ideas rígidas que no se adaptan a todas las situaciones y que no nos dejan evolucionar.
También es muy habitual creer que la situación “no es tan mala” o que “podría ser peor” si cambiamos. Nos aferramos a lo que tenemos por si aquello que viene, o que nos imaginamos que puede venir, no es tan bueno como pensamos. Pero si nos paramos a reflexionar sobre ello, suele existir un error de base, una idea loca, como diría Perls, o una distorsión cognitiva, da igual cómo lo llamemos. Yo lo llamo fantasma. El fantasma es esa situación que proyectamos hacia el futuro que creemos que va a pasar y que finalmente, no pasa. Son pensamientos del tipo: “si dejo este empleo, en el nuevo me puede ir peor”. En estos casos es mejor partir de la base de que toda apuesta conlleva un precio a pagar, algo que dejamos a un lado mientras ganamos otras cosas. Así que ya sabes, si la situación actual no te llena y puedes cambiarla, ¡hazlo! Seguro que el precio merece la pena cuando veas los resultados.

